La búsqueda de la autenticidad

O cómo parecer interesante en la época del postureo

Hay gente, os lo juro, que está obsesionada con esto y cada vez más. Toman distintas formas y distintos nombres, pero todos buscan lo mismo: algo que les señale como auténticos.

¿Pero qué es eso? Os preguntaréis con razón. Para ellos, ser “auténtico” es demostrar en el escaparate de la vida que se es especial, de alguna manera, ya sea a través de la ropa, de la música, de los gustos, de las aficiones, siempre y cuando todas ellas sean debidamente publicitadas para conocimiento popular. Se quiere ser auténtico para los demás, como una especie de etiqueta social.

Ahora bien, esto, ¿qué formas adopta? Las más peregrinas, claro. Están los pijos, los hipsters o, en su versión española, modernitos, los gafa pasta, los bohemios, los afectadamente casposos… y muchos más de los que ni siquiera conozco su nombre, pero seguro que habréis visto alguno alguna vez. Se ven. Se notan. Se hace notar. Es lo que les caracteriza, al fin y al cabo.

Francamente, yo no les entiendo.

La autenticidad que buscan en un teléfono retro, en una silla vintage, en un concierto de Leonard Cohen o en un libro de Marcel Proust es prestada, no es suya. Si esas cosas son auténticas lo son por sí mismas sin necesidad de parasitar nada más. Las cosas realmente auténticas no se esfuerzan en serlo. Lo son. De ahí su fuerza. Así que, siempre desde mi punto de vista, estos esfuerzos que esta gente hace las 24 horas del día, me parecen no sólo fútiles sino contraproducentes. No sólo no son más auténticos por llevar una chupa de cuero de segunda mano, sino que están en números negativos en cuanto a individualidad psicológica se refiere. Es no salir de esa etapa adolescente en el que, en busca de nuestro propio yo, experimentamos con cosas que nos gustan de otras personas. El peinado de esta actriz, la ropa de este cantante, la manera de ser de esa persona… Camaleónicos, cambiamos nuestra manera de vernos ante el mundo para parecernos a lo que nos gusta.

Hey, no digo que esto no sea bueno. Ese proceso nos define, pero llegado un punto, ¿es realmente necesario seguir buscando elementos a los que fagocitar su significado? Es tal y como me lo explicaron en mi primera clase de Publicidad allá en las postrimerías de la carrera: la publicidad busca pegar conceptos a los productos para decir que Ariel es igual a blancura o que Audi es igual a seguridad. De no significar nada ahora las cosas significan algo, y si al final consigues que en la mente de los consumidores se haya formado ese silogismo, habrás hecho buena publicidad.

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